Conferencia

PALABRAS DEL RECTOR JOSÉ NARRO ROBLES LA XLV SESIÓN DE LA ANUIES.

Universidad Anáhuac

20 de junio

Introducción

Agradezco a nuestro Secretario General la oportunidad que me concedió de dirigirme a los integrantes de nuestra Asamblea General. Para mí, esto representa un honor. Aprovecho para felicitar a la Universidad Anáhuac por cinco décadas de trabajo.

Aprovecharé esta ocasión para hablar de los que considero son algunos de los problemas fundamentales de la educación superior y, de manera particular, de aquellos que aquejan a los jóvenes mexicanos. Este es un asunto que me ha preocupado a lo largo de muchos años y todavía más como rector de la Universidad Nacional.

Cuando se piensa en los grandes temas de la educación superior no es deseable dejar de poner en el centro de la discusión a los jóvenes. Ellos constituyen nuestra razón de ser. A ellos, para que tengan un futuro mejor, debemos dedicar nuestros esfuerzos.

Los jóvenes mexicanos enfrentan problemas y circunstancias difíciles que se deben tener muy en cuenta en las instituciones de educación superior. Ellos experimentan situaciones obviamente derivadas de la estructura económica y social de nuestro país. Se trata de problemas que influyen en el rendimiento académico de los estudiantes. Es nuestra obligación entender estos problemas para actuar sobre ellos.

Con esta convicción, en esta oportunidad haré, en primer lugar, un planteamiento general de algunos de los problemas de la educación superior en nuestro país. Se trata de problemas bien conocidos por ustedes y que expondré de manera resumida para que sirvan de contexto a la problemática de los jóvenes, la cual abordaré con más detalle. En tercer término haré una reflexión sobre la necesidad que tenemos de contar con políticas públicas especialmente destinadas a los jóvenes, entre las cuales por supuesto se encuentran la educación y la cultura. Antes haré algunos comentarios sobre el valor del conocimiento en la sociedad contemporánea.

En el mundo de hoy, el progreso económico de las naciones depende en parte de su capacidad para aprovechar las ventajas del saber. Las sociedades que más han avanzado en lo económico y en lo social, son aquellas que han logrado cimentar su progreso en el conocimiento.

La experiencia mundial muestra la existencia de una estrecha correlación entre el nivel de desarrollo de los países, en su sentido más amplio, con la fortaleza de sus sistemas educativos y de investigación científica y tecnológica. Según estudios de la OCDE, un año adicional de escolaridad puede incrementar el PIB per cápita de un país entre cuatro y siete por ciento.[1]

El conocimiento es, en todas sus áreas y expresiones, fundamental para el mundo moderno. Quienes se rezaguen ahora, perderán una oportunidad que no podrán recuperar porque los procesos del conocimientos son acumulativos y de largo plazo. En este campo nada es inmediato, azaroso, fácil ni gratuito.

México sufre rezagos importantes. En primer lugar está un problema que pareciera aumentar en vez de disminuir, no obstante los esfuerzos que se realizan para solucionarlo. Se trata del rezago escolar en que se encuentran cuatro de cada diez mexicanos de 15 años y más, que equivalen a 32 millones: 5.1 millones de analfabetas, 10.2 millones que no han terminado la primaria y 16.9 millones que no han concluido la secundaria.

Este problema se vuelve más grave cuando consideramos a nuestros pobladores originales. Entre la población indígena prácticamente la mitad de los habitantes de 15 años y más no cuenta con estudios completos de primaria. Por si fuera poco, es muy duro reconocer que solo uno de cada 100 jóvenes indígenas cursa estudios de educación superior.[2]

Sé que repito esto demasiadas veces, pero considero que no podemos acostumbrarnos a este dato, considerarlo como una cifra más. Celebro que el INEA esté tomando medidas para atacar frontalmente este problema. Esperemos haya resultados positivos en el mediano plazo.

Dos retos de la educación superior

En materia de educación superior, ciencia y desarrollo tecnológico, México se encuentra en una posición de media tabla en el ámbito mundial.

El más reciente informe de competitividad mundial señala que, de un total de 148 países, México ocupa el lugar 78 por el tamaño de su matrícula de educación superior, el 77 en disponibilidad de científicos e ingenieros, el 75 en capacidad para la innovación. De igual manera, se ubica en la posición 61 en gasto de las empresas en investigación y desarrollo, en la 54 en calidad de instituciones de investigación científica y en la 44 en materia de colaboración universidad industria en investigación y desarrollo.[3]

Debemos reconocer que se han logrado avances en la educación pública, sobre todo en uno de sus principales problemas que es el de la cobertura. Entre 1970 y 2011, el número total de estudiantes de educación superior pasó de 252,236 a tres millones,[4]expansión que implicó que la cobertura nacional pasara de 6.3 a 32.8 por ciento. Sin embargo, todavía estamos en niveles muy bajos, no sólo comparados con países de alto desarrollo, sino incluso con los de niveles semejantes al nuestro. La UNESCO, por ejemplo, reporta para América Latina un promedio de cobertura de 38 por ciento.

Es preciso aceptar que actualmente la educación superior no debe ser sólo para una elite. Debemos reconocer que para lograr la igualdad deseada y para eliminar la pobreza, ya no es suficiente disponer de “fuerza de trabajo” con educación básica. Es necesario entender que la tendencia mundial es hacia el logro de una cobertura casi universal de la educación superior. Esta parece ser una condición necesaria, aunque no suficiente, para estar en posibilidad real de ingresar a la sociedad del conocimiento.

Junto a la cobertura, otro aspecto preocupante es el de la calidad: en el informe de competitividad citado, México ocupa el lugar 119 de 148 países por la calidad de su educación primaria.[5] El reporte del Foro Económico Mundial publicado este año, enfatiza nuestras debilidades. En esa evaluación, entre 122 naciones, México ocupa en materia de cobertura los sitios 13, 65 y 70 en educación elemental, media superior y superior respectivamente. En cuanto a la calidad, ocupa los sitios 102, 105 y 109 en materia de calidad del sistema educativo, educación elemental y educación en matemáticas y ciencias.

Datos como estos muestran la urgente necesidad que tenemos de emprender acciones radicales para mejorar nuestros sistemas de  educación y de investigación científica.

Junto a estos dos problemas: el de la cobertura y el de la calidad, la educación superior es afectada por otras dificultades entre las cuales se deben citar los asuntos financieros, la falta de planeación y presupuestación de mediano y largo plazos, los temas de evaluación, impacto y pertinencia de los estudios y por increíble que resulte, las incomprensiones políticas y el tema del respeto a la autonomía universitaria que todavía afectan a algunas de nuestras instituciones.

Situación de los jóvenes en México

La educación superior, la ciencia y la tecnología tienen un denominador común: los jóvenes. Ellos forman parte del presente y también de nuestro futuro. Todavía hoy México cuenta con la ventaja demográfica derivada del número de jóvenes que es grande. Sin embargo, para aprovechar esa ventaja tenemos que invertir en su educación, tenemos que incrementar notablemente las oportunidades educativas para que accedan a la educación superior y para que un número mucho mayor se gradúen en los estudios doctorales. Solo así podremos aumentar nuestras capacidades de investigación. No hay otro camino para que se desarrollen el conocimiento y las aplicaciones tecnológicas que permitan al país contar con ciencia y tecnología propias.

En efecto, en nuestro país casi la mitad de la población, 48 por ciento, es menor de 25 años de edad, lo cual significa que se cuenta con la mayor cantidad de jóvenes en la historia. La población entre 15 y 24 años de edad suma casi 21 millones de personas según el censo de 2010, o sea el 19% del total. En nuestro país la edad mediana es de 26 años, que contrasta con la de naciones como China (35), Estados Unidos (37), Rusia (38) o Japón (45).[6]

Contamos con un contingente de jóvenes que puede significar un sector estratégico para el desarrollo del país, ya que la mayoría de la población se encuentra en edad de trabajar y la dependencia poblacional es reducida, lo que significa una ventaja comparativa en términos productivos.

Pero la nación está desaprovechando esta oportunidad en virtud de que no estamos ofreciendo a los jóvenes todas las posibilidades para que estudien, para que trabajen, para que cuiden y fomenten su salud. Para que tengan mayor participación en los asuntos nacionales, para que desarrollen una visión más optimista de su futuro.

Por otra parte está el caso de los jóvenes que no estudian ni trabajan. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico,[7] el 24.7 por ciento de los jóvenes mexicanos de 15 a 29 años de edad no estudian ni trabajan. Esto equivale a más de 7.6 millones de jóvenes. Pero la tasa para los que tienen entre 25 y 29 años es todavía mayor y alcanza el 29.5 por ciento. El hecho de tener a jóvenes que no pueden estudiar, pero que tampoco puedan trabajar es una tragedia, no hay otra manera de verlo.

Considero que debe llamarnos la atención los que tienen entre 25 y 29 porque esas y esos jóvenes son los que deberían estar ya integrados al mundo laboral o si no estudiando posgrados, maestrías y doctorados, para así contribuir al desarrollo del país mediante la investigación en ciencias, humanidades, ciencias sociales, mediante el desarrollo tecnológico y la innovación. La condición de género no debe servirnos para ocultar o matizar un grave problema.

Algo no estamos haciendo bien en el país cuando hay tantos jóvenes que se dedican a otras actividades y no a estudiar o a trabajar. No es suficiente con que se considere que estas actividades son útiles o “beneficiosas”. Definitivamente es útil para la familia que la hija o el hijo ayuden en la casa, cuiden de los abuelos o de los enfermos, colaboren con el padre o la madre en sus labores. Pero es definitiva y categóricamente más beneficioso para la familia, para el joven y para la sociedad que ese joven estudie en el nivel que le corresponde o que se integre al mercado laboral con una mejor formación cuando así lo desee.

Veamos otros datos sobre lo que significa, para la mayoría, ser joven en México. En cuanto a la educación, por ejemplo, es indispensable resolver el problema de los más de 550 mil mexicanos de entre 15 y 29 años de edad que no saben leer ni escribir. Así como se oye, más de medio millón de mujeres y hombres jóvenes nacidos en las dos últimas décadas del siglo XX, que son analfabetos. A ellos se suma la enorme cantidad que se encuentra en rezago educativo, que son parte de quienes no concluyeron la primaria o la secundaria.

México es reconocido por su cobertura prácticamente universal en educación primaria. Sin embargo, la dinámica de la trayectoria educativa en nuestro país se caracteriza por el rezago y abandono escolar. ¿Qué quiere decir esto? Que, según cifras oficiales, en promedio, de cada cien niños que ingresan a educación primaria, solamente la mitad termina el bachillerato, 21 egresan de una institución de educación universitaria y únicamente trece se titulan.[8]

En materia de cobertura queda por hacer un enorme esfuerzo. Considero que tenemos el potencial y los recursos para conseguir que en un decenio se alcance la cobertura universal en el caso de la media superior y se duplique la del nivel superior. El aumento de la cobertura es un requisito indispensable para establecer una base firme que permita la construcción de un proyecto alternativo de nación.

Con relación al empleo, México se encuentra en la situación que comparten muchas naciones. Una consecuencia de la globalización. Las evidencias internacionales muestran que los jóvenes que trabajan son más vulnerables a los cambios del mercado laboral y tienen más probabilidades que los adultos de desempeñar los trabajos más precarios, esto es, sin las prestaciones necesarias y adecuadas.

En México tenemos una muestra clara de esta tendencia: la tasa de desocupación abierta de los jóvenes se triplicó entre 2000 y 2010, al pasar de 3.4 a 10.4 por ciento. Esta situación, paradójicamente, afecta principalmente a las mujeres y a los jóvenes con mayor escolaridad que viven en las áreas urbanas.[9] No es posible que nuestro país se destaque, porque así lo plantea la OCDE, por el hecho de que el logro de una carrera universitaria implique menos posibilidades de empleo. Creo que esto es una clara muestra de la deformación de nuestra estructura productiva que privilegia el empleo con los menores requisitos educativos. Estructura productiva que registra una inversión limitada en el país, para la investigación, el desarrollo tecnológico  y la innovación.

Por otro lado, la mayoría de nuestros jóvenes de entre 15 y 24 años que trabaja enfrenta condiciones laborales inadecuadas: 7.3 por ciento trabaja sin recibir remuneración, 14.5 por ciento gana hasta un salario mínimo, 45.8 por ciento hasta tres salarios mínimos, y solo 32.5 por ciento recibe más de tres salarios mínimos. Adicionalmente, el 56.7 por ciento de los jóvenes ocupados no cuenta con prestaciones sociales [10].

El desempleo en los jóvenes, además de que afecta al desarrollo de la sociedad en general, implica afectaciones importantes en lo individual, ya que el trabajo tiene una gran significación, no solo por lo que les representa en relación con la ayuda a sus familias, también para su propio crecimiento como personas.

Finalmente está el problema, que parecía superado o se pensaba que había cedido, de la emigración de profesionistas, la llamada en algún momento “fuga de cerebros”. Hace un par de años se publicaron opiniones al respecto, y se planteaba que entre 2000 y 2010 la cantidad de profesionistas que había emigrado aumentó de 411 mil a más de un millón. Según el Subsecretario de Educación Superior el doctor Rodolfo Tuirán[11], la movilidad, por llamarle de manera positiva, de los posgraduados a Estados Unidos se había incrementado en 153 por ciento en el mismo periodo. Evidentemente este fenómeno representa altos costos para el país, sobre todo por la pérdida de expertos en muchas materias del conocimiento.

Otro aspecto esencial para que los jóvenes mexicanos tengan una vida que les permita contribuir a la sociedad, es el de la atención integral de su salud. En este rubro uno de los asuntos más preocupantes es el de los embarazos de jóvenes a edad temprana. Según datos del inegi, de los 2.6 millones de nacimientos ocurridos en 2010, casi uno de cada cinco (17.6%) correspondió a adolescentes de 19 años y menos.[12] Esto quiere decir que en ese año se registraron más de 400 mil embarazos tempranos. Esta situación, lo sabemos todos, condiciona un conjunto de complicaciones graves para mujeres y hombres que deberían estar estudiando el bachillerato o la licenciatura, preparándose para tomar decisiones importantes en su vida.

A estas situaciones, retos y problemas que se enfrentan los jóvenes del país, hay que agregar la pobreza y la desigualdad, lastres ancestrales que arrastra nuestro país, al igual que la reciente situación de violencia e inseguridad generalizadas.

Respecto de este último asunto debe sostenerse que en 2012 la violencia fue la causa de 23,127 defunciones en jóvenes de 15 a 29 años, que siete de cada diez muertes entre los varones de ese grupo de edad se debieron a homicidios, accidentes y suicidios y que cuatro de cada diez homicidios se registraron entre jóvenes de esos grupos de edad. Además, como es de esperarse, los homicidios se han incrementado a lo largo de este siglo al aumentar la cifra 2.5 veces si se comparan los 4,108 registrados en este grupo de edad con los 10,156 que consignan los datos de 2012.

Políticas para la juventud: la necesidad de rescatar a nuestros jóvenes

La diversidad de rubros que afectan la vida de los jóvenes haría parecer que se requiere de muchas acciones diferentes, lo cual es cierto. Sin embargo, éstas deben estar integradas en una sola política de Estado para la juventud. En este como en otros aspectos de la vida nacional, se requiere de enfoques integrales que realmente resuelvan los problemas y no acciones parciales que, a la larga, implican solo paliativos que no los resuelven.

La situación y las perspectivas de los jóvenes en el país van de la mano con los grandes problemas nacionales. Ello implica canalizar recursos tanto al sector educativo como al de atención a la salud para promover la inclusión social y fortalecer la cohesión social.

Pero esas políticas y acciones no lograrán resultados en el largo plazo si no hay una reformulación del modelo de desarrollo que impulse el crecimiento económico, la inversión productiva, el mercado interno, el empleo y la distribución del ingreso, de tal modo que en todo sentido se puedan aprovechar la fuerza y las capacidades que poseen los jóvenes mexicanos de hoy.

Debemos reconocer que las políticas dirigidas a los jóvenes hasta ahora no han tenido en cuenta el carácter cambiante de esta etapa de la vida ni sus necesidades principales de manera integral. Menos han considerado la heterogeneidad de la juventud mexicana, las grandes diferencias que existen entre los jóvenes. Las principales deficiencias de estas políticas son dos a mi entender: en primer lugar, que consideran a la juventud como una etapa transitoria, casi como un problema que pasará con el tiempo. En segundo lugar, que no tienen una visión integral que permita atender a la juventud en su totalidad, sino que, en el mejor de los casos, van enfrentando los problemas cada uno por separado.

Como ya se indicó, al igual que sucede en muchos otros aspectos de la vida social, económica, política y cultural del país, en el campo de las políticas para la juventud falta una visión reformadora. Una visión autocrítica, que cuestione y evalúe objetivamente los logros y las deficiencias. Una visión de que el modelo seguido hasta ahora ya ha dado lo que podía dar, por lo que es indispensable transformarlo.

A México le urge un enfoque que permita entender la compleja realidad de los jóvenes para construir un futuro favorable para la sociedad en su conjunto. Mucha falta hace una nueva generación de políticas públicas que propicie situaciones favorables para los jóvenes; políticas que tengan en cuenta las desigualdades, las diferencias económicas, sociales, culturales e incluso geográficas que existen en este segmento de la sociedad.

No se puede obviar la llamada de atención de los jóvenes en nuestro país y en todo el mundo. Los diversos movimientos surgidos recientemente pueden tener en apariencia objetivos diferentes. Pero el fondo es el mismo: los jóvenes cuestionan la falta de democracia porque no sienten que tengan la participación que deberían tener, y así es. Los jóvenes cuestionan el modelo económico y político actual donde todo gira en función del incremento de la riqueza de unos pocos. Donde lo más importante pareciera ser el consumo, la posesión de objetos, el poseer el último gadget, el artículo más reciente, el de moda.

Es evidente que muchos jóvenes no están de acuerdo en que prevalezca un modelo donde el dinero es el factor que rige las actividades de la sociedad, la medida del éxito y la felicidad. No están de acuerdo con la existencia de esquemas excluyentes. Pero sobre todo, los jóvenes exigen que se les ofrezca futuros, opciones para el mañana, expectativas de una mejor vida para ellos y los suyos.

No tengo duda, a pesar de las condiciones del país, es indispensable instrumentar acciones gubernamentales y de la sociedad, para hacer más digna la vida y el futuro de los jóvenes, para darles expectativas, para ofrecerles empleos y ocupaciones productivas, para alejarlos del vicio y el delito, para educarlos en un marco de valores cívicos y laicos.

El rescate de la juventud mexicana debe partir de la educación, sobre todo de la media superior y la superior. La educación pública, que constituye uno de los principales igualadores sociales, es fundamental para que el país logre un desarrollo más equitativo. Toda inversión pública en el campo es bienvenida y todo lo que la detenga debe combatirse, en razón de que por ello se convierte en un lastre para el futuro.

El problema de la poca cobertura, que abordé previamente, empeora cuando se analiza por entidad federativa, donde existen grandes disparidades. En este sentido resaltan Quintana Roo, Oaxaca, Chiapas y Guerrero con las coberturas más bajas, y en el otro extremo, el Distrito Federal, Sinaloa, Sonora y Nuevo León con los niveles más altos.[13]

Las diferencias estatales en este nivel educativo son de tal magnitud que mientras en el Distrito Federal casi siete de cada diez jóvenes tienen acceso a los estudios superiores, en Quintana Roo, Chiapas y Oaxaca solo dos de cada diez lo pueden hacer.[14]

Se trata, inevitablemente, de dos realidades educativas que reproducen y profundizan las desigualdades históricas de nuestro país y que parecen perfilar dos Méxicos distintos, uno preparado para ingresar a la sociedad del conocimiento y otro que hemos condenado al atraso.

La desigualdad en educación superior en nuestro país es aún mayor al considerarla por decil o nivel de ingreso de los hogares. En 2012, el porcentaje de jefes de familia que contaba con estudios superiores representaba el 2.2 por ciento en el decil de menores ingresos y el 51.1 en el de mayores ingresos, ¡más de 23 veces de diferencia!.

En materia de cobertura de la educación superior, para lograr la meta, modesta por cierto, de alcanzar 40 por ciento de cobertura al final de este sexenio, propuesta en el Plan Nacional de Desarrollo, se requiere aumentar la matrícula en 1 millón 300 mil personas a lo largo de los seis años, es decir, incrementarla en unos 215 mil al año.[15] Ello equivale a crear cada año unas 15 universidades con matrícula de poco más de 14 mil alumnos. Se trata de una misión compleja y difícil pero posible si se destinan los recursos adecuados. En mi opinión la manera de alcanzarlo es conseguir que los sistemas existentes se distribuyan la tarea y que tanto a las universidades públicas como al sistema tecnológico se les den los recursos y las responsabilidades. Por ello se requiere la aprobación de presupuestos multianuales para que las instituciones de educación superior públicas tengan certeza y asuman nuevos retos.

No debemos permitir que nuestros jóvenes pierdan la esperanza de un mejor futuro, de vivir su existencia con certidumbre, de vivir con responsabilidad la libertad que se les abre al frente. Debemos garantizarles las condiciones para realizarse, al menos de todas aquellas que nosotros tuvimos cuando fuimos jóvenes.

La “Encuesta Nacional de Valores en Juventud 2012”, que realizaron conjuntamente el Instituto Mexicano de la Juventud y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM deja en claro la falta de confianza de los jóvenes en su futuro:

  • Menos de tres de cada diez piensa que tienen muchas oportunidades de obtener una buena educación, de tener acceso a la tecnología o lograr una carrera profesional.
  • Sólo dos de cada diez piensan que son muchas las posibilidades de vivir sin violencia, tener un trabajo, un lugar propio para vivir o poder ahorrar.
  • Por otra parte, el 32 por ciento considera la situación política del país como preocupante y el 16 por ciento como peligrosa.

Sin embargo, a pesar de las dificultades que ven en su futuro, son más abiertos, tienen un pensamiento más democrático y tolerante que los mayores. Por eso es urgente mostrar el compromiso de la sociedad, a través de los gobernantes y líderes de opinión, con ellos.

Finalmente, debo resaltar el hecho de que 83 por ciento de los jóvenes se muestra poco o nada interesado en la política.

En nuestra sociedad es urgente emprender una educación en valores cívicos como la honestidad, la generosidad, la conciencia social y la solidaridad entre otros. Pero también es necesario hacer ver a los jóvenes que las instituciones y las leyes deben ser respetadas, que tienen una razón de ser y, más que nada, que son los instrumentos que permiten a la sociedad vivir en armonía y lograr mejores niveles de vida para todos.

Para ello, las instituciones, las autoridades, los legisladores, los políticos, los líderes de opinión debemos ser ejemplo de honestidad, de respeto, de apertura a la participación de la sociedad, de mesura y prudencia.

Palabras finales

Los jóvenes mexicanos necesitan recuperar la confianza en su futuro y en su presente, requieren que se les regrese la esperanza que se les está escamoteando por acción u omisión.

Sabemos que nada se logra de la noche a la mañana, que se requiere tiempo para que las acciones de hoy se conviertan en realidad  mañana. Por eso hay que empezar por los jóvenes para que ellos tengan ese futuro que todos ansiamos en el presente.

En este sentido merece un reconocimiento la Ley de Derechos Humanos de los Jóvenes que recientemente fue aprobada de manera unánime por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. En esta legislación se establecen derechos humanos y sociales como el acceso a la salud, la educación laica y gratuita y el derecho al primer empleo; atención a problemas que los afectan, como trastornos de conducta alimentaria, acoso escolar, adicciones y obesidad; derechos a la vivienda, al deporte y a una vida libre de violencia.

 


[1] OCDE. Perspectivas económicas para América Latina 2009.

[2] INEGI. , Principales resultados del Censo de Población y Vivienda 2010, Internet. Op. Cit.

[3] World Economic Forum, The Global Competitiveness Report 2013-2014.

[4] INEGI. Estadísticas Históricas de México, 2010. Ags., Ags.

[5] Ibid.

[6] United Nation, World population prospects. The 2012 Revision.

[7] OECD. Panorama de la educación 2013.

[8] SEP: Rodolfo Tuirán. Los jóvenes mexicanos: situación actual y desafíos. Subsecretario de Educación Superior, SEP. Abril 2011.

[9] INEGI. Desempleo en México en Octubre de 2010. Noviembre 2010.

[10] Fuente: Tuirán, Rodolfo, “Los jóvenes mexicanos: situación actual y desafíos futuros”, SEP, abril de 2011.

[11] Rodolfo Tuirán. Emigración de Mexicanos Calificados a los Estados Unidos. Conferencia en el Instituto de los Mexicanos en el Exterior. La Jornada, 17 de Junio de 2011.

[12] Considera los nacimientos ocurridos en un año calendario y registrados hasta 35 meses después de su ocurrencia. Se excluyen del total los nacimientos de madres residentes en el extranjero.

INEGI, Estadísticas de Natalidad 2010.

[13] Gobierno Federal. 1er Informe de Gobierno. Anexo Estadístico 2012-2013. Septiembre 2013

[14] Ibídem.

[15] Roberto Rodríguez Gómez, “Por qué es imposible alcanzar la meta de cobertura del sexenio”, suplemento “Campus”, 15 de agosto, 2013, Milenio Diario.